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¡Adiós!

Para D. Aún sabiendo que su adiós sí es definitivo. Mi abuelo solía decirme que no le dijera ¡Adiós! que con un ¡Hasta pronto! bastaba, porque así él tendría presente que me volvería a ver. Yo aprendí la lección y no sólo no le decía ¡Adiós! a mi abuelo, sino que tampoco se lo decía a mis amigos, ni siquiera a mis novias cuando las veía partir de la mano de algún otro fulano. Pero llegó un día en el que sencillamente comprendí que en realidad no quería volver a verla, no quería saber qué era de su vida, dónde estaba ni con quién salía, así que le escribí un texto en la madrugada y le dije que quería hablarle al día siguiente, que la vería a eso de las 5 de la tarde enfrente del Museo, en la cafetería de siempre. 

La vida son instantes

Para José Ahora La mujer le decía “algo nos está pasando, José”, él callaba y la miraba a los ojos. Estaban solos en el café. La tarde era fría y llovía. En la mesa una vela amarilla estaba a punto de acabarse y su llama fuerte, como un último grito, reflejaba las sombras de los dos en una pared blanca donde se veían las manchas de humedad. Ninguno podría decir qué los había llevado a esa situación, pero allí estaban: mirándose como dos extraños que creen ver en el otro una cara conocida, desviando la mirada al descubrir el desacierto. Ella estaba envuelta en abrigos, llevaba una bufanda azul y un gorro de lana que le cubría las orejas; él llevaba una chaqueta de cuero negra y una bufanda a cuadros. Habían hablado poco. “Me trae otros dos cafés, por favor”, dijo él, en voz alta para que el mesero pudiera escucharlo por encima de la lluvia. La situación era incómoda para los dos, ninguno quería hablar de lo que había sucedido el año anterior, pero allí estaban: juntos, compa...

La ventana

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Para J. Yo los miraba desde lejos. Estaba sentada cerca a la ventana de la biblioteca intentando estudiar para un examen que tendría en dos horas, era imposible concentrarme debido a los acontecimientos recientes, sólo intentaba alejar los recuerdos de mi cabeza, pero no funcionaba: cada frase que leía me hacía recordarlo, todo había sido tan extraño. Fue por esto que empecé a mirar por la ventana y entonces los vi. Era justo lo que yo deseaba: estar así como esos dos que,  sentados en uno de los cuadrados de pasto que están justo en la salida de la biblioteca, se abrazaban y reían.

La mujer y el libro

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La mujer se acostó en la biblioteca en esa madrugada fría en la ciudad gris en la que ahora vivía alejada de los suyos, se sentía un poco un libro: de esos que se olvidan en las bibliotecas y se llenan de polvo, de esos que se envejecen de no ser abiertos y sus páginas se vuelven amarillas por el tiempo.  Algo así sentía que le pasaba a ella: se miraba en el espejo y notaba que su piel empezaba a ajarse por el paso del tiempo, veía sus labios resecos y el vidrio le devolvía una mirada un poco más oscura que unos años atrás. Mujer-Libro. Salvador Dalí

Nadaísmo

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En mi jornada de Rescate encontré este: 7/10/2009. Y los jóvenes ya no piensan en el culo redondo de la poesía sino en el muñeco chino de la pantalla de su computador al que masturban diez veces al día y otras diez en la noche.  Y la mente se ha vuelto otra vez estática, y los ojos ya no ven más allá del pixel número 666, y estamos sumidos en un mundo idiota, gobernado por idiotas y habitado por idiotas, y ya nadie piensa en sublevarse solo piensan en que no hay lugar en esas botas que no hallan lamido y que necesitan cambiarse de lado para lamer la otra y dejarla pegajosa con la saliva de su brutalidad.  Gonzalo Arango por Fernando Botero

La Cruz: pequeña historia

Recuperado 21/06/2012 Cuando El Colombiano, informó del desalojo en la Cruz y publicó esas fotos tan dicientes (el ESMAD tirando gases a niños, zarandeando mujeres; Espacio Público tumbando casas; ancianos cargando lo poco que les quedaba) decidimos subir y llevar algunas cosas que podrían ser de utilidad para los habitantes del sector: medicinas, ropa y comida.

Atrapados sin salida

Recuperad o del 26/01/2012 Era ya la segunda semana de la reapertura de la UdeA y la inicial calma era sorprendida por el anuncio de la primera Asamblea General de Estudiantes, el primer atentado contra los torniquetes recién instalados en la portería del Metro y los estruendos tradicionales de las tardes, ya casi olvidados, en la plazoleta Luis Fernando Barrientos.